Se agrega otra crisis a los nicaragüenses

22 11 2020

Los huracanes Eta e Iota, ambos clasificados como categoría 4, de un máximo de 5 en la escala Saffir-Simpson, impactaron el 3 y el 16 de noviembre en la misma ruta de las zonas históricamente empobrecidas del Caribe Norte de Nicaragua.

Es otra crisis devastadora de origen extraeconómico, o sea, el cambio climático, que se agrega al problema político de abril de 2018 y a la pandemia mundial del COVID-19 de marzo de 2020 y agrava la situación económica y social del país.

Un tercio de la población total de Nicaragua habita en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) y en los departamentos de Jinotega, Nueva Segovia, Madriz, Matagalpa y Rivas, es decir, aproximadamente 2,203,200 habitantes que estuvieron expuestos a fuertes vientos de 240-260 kilómetros por hora, inundaciones y deslizamientos de tierra.

Las actividades económicas que tuvieron más daños fueron la agricultura, la ganadería vacuna, la ganadería porcina, la avicultura, la silvicultura, el comercio y la propiedad de vivienda. Entre los principales rubros afectados por estos desastres naturales, se distinguen los siguientes: arroz, frijol, maíz, hortalizas, plátanos, leche, aves y huevos, ganadería vacuna y porcina, madera, café, tabaco habano y cacao. A lo anterior, se adiciona el valor de reposición de la infraestructura económica (red vial y puentes), de la infraestructura social (centros de salud y centros de educación primaria y secundaria) y viviendas (el 30% del total de viviendas del país estaban ubicadas en esas zonas, según el Censo Nacional de 2005).

Las regiones afectadas por ambos huracanes no tienen un alto índice de industrialización manufacturera, o sea, no tienen una gran capacidad instalada para procesar la producción agropecuaria o materias primas. También es bastante probable que no se hayan observado daños importantes en la captura y procesamiento de mariscos, en la extracción de minerales metálicos (oro y plata) y en la generación de servicios financieros.

Groso modo, sobre la base de los escasos datos oficiales relacionados con la geografía económica de Nicaragua, se podría afirmar en términos muy preliminares que el 20% de la producción de bienes y servicios del país, que es aproximadamente el aporte de la RAAN y los cinco departamentos en la formación del producto interno bruto (PIB) del país, también estuvo expuesto a los severos impactos de Eta e Iota, pero no todo fue destruido o alterado por los dos huracanes.

Tomando en cuenta el pronóstico del PIB elaborado por Consultores Para el Desarrollo Empresarial (COPADES) de US$11,480 millones para 2020, antes de la ocurrencia de los dos huracanes, se podía esperar que el área hoy afectada aportaría US$2,300 millones en la formación del PIB de este año.

Con el supuesto de que los daños presentes y futuros en la RAAN y los cinco departamentos equivalen al 35% de su contribución anual a la producción de bienes y servicios, podríamos concluir en términos muy preliminares de que la suma del valor de los daños provocados por Eta e Iota se aproxima a US$800 millones, que se registrarán en 2020 y 2021 dada la periodicidad del ciclo agrícola.

Tenemos que evitar el pesimismo. La economía de Nicaragua se recuperará del conflicto político con las elecciones nacionales del 7 de noviembre de 2021, de la pandemia del COVID-19 con la aplicación de la vacuna a toda la población, y del desastre provocado por Eta e Iota, ¿con qué?, si tomamos en cuenta que la cooperación internacional, préstamos y donaciones facilitados por instituciones financieras internacionales y gobiernos de otros países, es necesaria, pero se requiere  unir y encauzar el gran esfuerzo nacional, de potenciar nuestras coincidencias, con los propósitos de detener y revertir el continuo deterioro económico y social que persiste desde 2018 y que nos ha llevado a una depresión económica, al observarse una caída acumulada de 13% en la producción de bienes y servicios en los últimos tres años. Un ejemplo de lo anterior: en 2020, el ingreso per cápita promedio anual de US$1,760 ha retrocedido 8 años.

En el menor plazo posible, debemos recuperar los niveles productivos observados en 2017, que fue el último año de los máximos históricos de crecimiento económico y de reducción de la pobreza, en una forma inclusiva, sin exclusión alguna, y al obtener de nuevo esa base sólida debemos emprender un crecimiento económico más dinámico y suficiente, con el debido cuido del medio ambiente, en una forma sostenible.

Los académicos y analistas debemos advertir a los políticos de todos los partidos que tomen más en serio los riesgos que conlleva el desplome de la producción, del empleo y del bienestar de la población. No basta el cumplimiento de la estabilidad del tipo de cambio -gracias a la política monetaria contractiva- y la estabilidad de los precios al consumidor -provocada por una demanda interna de bienes y servicios deprimida: menos consumo e inversión-, porque ya están profundizándose los daños estructurales de la economía, principalmente en el mercado laboral con la destrucción de puestos de trabajo formal.

Debemos alertar de estos riesgos para la salud, la vitalidad económica y la estabilidad social, incluso en un año electoral como es el de 2021, para proteger el bienestar de los nicaragüenses.  

Si fuese así, no todo será pérdida y tristeza.


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