De un problema por exceso a un problema por defecto

11 10 2020

¿Beneficia o perjudica una tasa de inflación baja o una tasa de deflación? Esta pregunta me la han planteado empresarios, consumidores y estudiantes de Macroeconomía.

De acuerdo con el último dato oficial del Índice de Precios al Consumidor (IPC) publicado por el Banco Central de Nicaragua, que corresponde al del mes de junio de 2020, la tasa de inflación, o la tasa de aumento de los precios de los bienes que compran los consumidores, es igual a 1.25% acumulada en el año, es decir, el incremento de los precios entre diciembre del año pasado y junio de este año, y a 3.62% interanual, o sea, el alza de los precios en junio de este año con respecto a los de junio del año pasado.

La tasa de inflación interanual de Nicaragua se aceleró de 3% a 6% debido a la reforma tributaria del 28 de febrero de 2019, pero ha vuelto a descender al nivel de 3% entre abril y junio de 2020 influenciada por la pandemia mundial de COVID-19, que ha bajado otros precios al consumidor, como los de servicios de hoteles y transporte aéreo. Incluso, se registraron tasas de inflación mensuales negativas en marzo y abril recién pasados, cuando la deflación sólo se observaba en el transcurso del tercer trimestre de cada año con la cosecha “de primera” de la producción agrícola, en el momento en que se forma un “valle inflacionario” en función de los factores estacionales del IPC.

¿Favorece al consumidor la persistencia de una inflación baja o de una deflación, o es una alerta de alguna debilidad económica para los agentes económicos?  En las condiciones actuales del mercado de bienes y servicios o del sector real de la economía, que está golpeado por dos crisis, una política interna y otra sanitaria mundial, la caída de los precios al consumidor aparentemente produce un beneficio económico, porque supone, al menos, el mantenimiento del poder adquisitivo de los asalariados o de los consumidores. En otras palabras, al menos no habría un deterioro del salario real, que se determina al dividir el salario nominal en córdobas de cada mes entre el índice de precios al consumidor de ese mismo mes.

Pero ese beneficio es aparente porque la baja tasa de inflación refleja un riesgo económico, el riesgo de una demanda de bienes y servicios finales muy debilitada, no sólo de bienes de consumo sino también de bienes de inversión, resultante de los shocks de demanda dada la caída de los ingresos que fueron causadas por las dos crisis que no tuvieron un origen económico, antecedidos por los shocks de oferta de las dos crisis dado el cierre temporal o definitivo de las empresas, principalmente del sector servicios. Entonces, una baja inflación o una deflación puede ser también un indicador de que la economía está débil.

Con una baja tasa de inflación o con una tasa de deflación, se producen los problemas de subidas salariales mínimas, menor seguridad en el trabajo y un bajo consumo. La situación sería preocupante porque los consumidores se vuelven muy cautelosos, ahorran todo lo que pueden y se reducen los beneficios empresariales que obligan a disminuir más el empleo.

Así como los consumidores toman los menos riesgos posibles y aplazan sus decisiones de compra de bienes de consumo duraderos, por ejemplo, vehículos, ante la expectativa de un mayor descenso de precios, los inversionistas también deciden aplazar sus decisiones de inversión. Consecuentemente, la tasa de crecimiento económico se desacelera. Esta situación no es desconocida, porque suele ocurrir en crisis de demanda. Un claro ejemplo ha sido el de la economía de Japón, que ha sido afectada por la deflación desde 1990, y ahora ha vuelto a surgir con el impacto de COVID-19.

Sin embargo, si la tasa de inflación disminuyera  por la caída del precio del petróleo, un producto que importamos y que disminuiría los costos de producción de todos los bienes y servicios, no tendría efectos negativos sobre la economía. Por ejemplo, el precio del barril de petróleo WTI muestra una caída acumulada en este año de 33.6% de, al pasar de US$61.14 el 31 de diciembre de 2019 a US$40.60 el 9 de octubre de 2020, lo cual abarata los productos energéticos, tales como combustibles líquidos y gas propano, y las tarifas de transporte, lo que puede valorarse como un beneficio para la economía.  

Si de los 489 productos que integran la actual canasta de bienes y servicios del IPC de Nicaragua se sacaran los productos con precios volátiles, categoría en la que caen los precios de los alimentos y de los combustibles, la tasa de inflación interanual “subyacente” es igual a 2.93% en junio del año en curso, 69 centésimas porcentuales menor que la tasa de inflación interanual del IPC al mismo mes.

En estos momentos, en Nicaragua no hay una situación real de deflación. El criterio técnico fijado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para la presencia de la deflación es una caída del IPC  mantenida, al menos, durante dos semestres.

La estabilidad de una presión inflacionaria baja ha sido un objetivo que ha mantenido el BCN hasta la fecha, excepto en 2019 cuando se aplicó la reforma tributaria que aceleró la inflación, pero los instrumentos de la política monetaria están diseñados para luchar contra la inflación y no contra la deflación. En otras palabras, la política monetaria puede bajar la tasa de inflación cuando es alta, pero no la pueda elevar cuando es baja, y correría el riesgo de caer en una trampa por la liquidez.

Sobre el supuesto de que los gastos de consumo e inversión continuaran contrayéndose y, por lo tanto, la tasa de inflación continuara desacelerándose y cayendo, la política fiscal es la que tendría intervenir con el incremento del gasto público, por la vía de la inversión, para aumentar la demanda interna e incrementar la tasa de inflación.

En conclusión, una deflación es aparentemente atractiva, pero realmente es un grave problema para la economía. Es más fácil aplacar una inflación galopante que una deflación.


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