A 50 años de la Friedmanización de la economía

13 09 2020

El 13 de septiembre de 1970, hace 50 años, la revista The New York Times publicó un artículo escrito por el profesor Milton Friedman, premio Nobel de Economía 1976 -el primer economista de la escuela de Chicago en ganarlo-, titulado “La responsabilidad social de las empresas es aumentar sus ganancias”, un manifiesto de gobierno corporativo que, al no tener presente o, al menos, mantener al mismo nivel la responsabilidad social para mejorar el bienestar de la población o de las comunidades, ha dejado en Estados Unidos grandes desigualdades económicas, raciales, educativas, sanitarias y, más grave, el cambio climático, todo lo cual ha quedado al descubierto por COVID-19 para que todos las veamos.

La doctrina de Friedman se opuso a la regulación del gobierno, al señalar que cualquier acto virtuoso de las empresas más allá de lo que exige la ley es una tontería tonta, insiste, pero, según él, casi cualquier intento del gobierno de regular los negocios es el comienzo del fin de la libertad y la democracia.

Esta versión del “capitalismo de libre mercado” se amplió y consolidó en la década de los ochenta, influyó en una generación de ejecutivos y líderes políticos, sobre todo Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y continuó hasta la crisis de la recesión económica mundial de 2008, cuando quebró la banca de inversión de Wall Street, pero ningún banquero estuvo preso. Ahora, líderes políticos y empresariales, académicos e inversionistas han adoptado “el capitalismo de las partes interesadas”, cuya base es la gobernabilidad y abarca el medio ambiente y la política social, que fue tomado en cuenta por el Foro Económico Mundial del Nuevo Paradigma y, en 2020, por el Manifiesto de Davo.

Una de las actuales voces de la economía mundial más reconocidas, como es la del profesor Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001, ha insistido desde hace muchos años, incluso frente a Friedman, que “en presencia de mercados de riesgo imperfectos e información incompleta, es decir, siempre, las empresas que buscan la maximización de ganancias no conducen a la maximización del bienestar de la sociedad”, explicando “lo que estaba mal de la conjetura de la mano invisible de Adam Smith, que decía que la búsqueda del interés propio conduciría, como por una mano invisible, al bienestar de la sociedad.”

Para el profesor Stiglitz, “la posición de Friedman se basa en una concepción errónea tanto de la economía como del proceso político democrático. Sí, en un mundo ideal, el Congreso aprobaría una legislación para garantizar que, de una forma u otra, los beneficios privados y los beneficios sociales de cualquier actividad empresarial estuvieran perfectamente alineados. Pero en una democracia en la que el dinero importa, claramente cierto en este país (Estados Unidos), es de interés privado para las corporaciones hacer lo que puedan para asegurarse de que las reglas del juego sirvan a sus intereses y no a los intereses del público en general. Y a menudo tienen éxito.”

Los seguidores de Friedman influyeron grandemente al gobierno y a la comunidad empresarial de Estados Unidos. Menospreciaban el papel del gobierno, pero reducían grandemente los impuestos netos de subsidios pagados por las corporaciones, y socavaban las protecciones legislativas contra los excesos del capitalismo sin restricciones, tales como la Ley Nacional de Relaciones Laborales, la Ley de Salario Mínimo, la Ley de Aire Limpio, la Ley de Agua Limpia y las regulaciones antimonopólicas.   

Revertir el paradigma de Friedman es una tarea urgente en la que las empresas deben adoptar una responsabilidad con las partes interesadas y la sociedad. Entre las metas de dicha adopción, que sean tangibles y articuladas públicamente, se pueden incluir el pago de salarios dignos a sus trabajadores -hoy no muy bien llamados “colaboradores”-, promover la educación técnica y la equidad salarial, respetar el derecho de los trabajadores a afiliarse a un sindicato, promover la inclusión de género, mejorar los protocolos de seguridad -ahora a prueba por COVID-19-,  reducir las emisiones de carbono, proteger los recursos naturales y cuidar el medio ambiente.

Al comprometerse con los objetivos de una ciudadanía responsable, las empresas permiten que las partes interesadas, los inversores institucionales y el público los hagan responsables de sus ideales inclusivos. Al hacerlo, los líderes corporativos también darán un ejemplo que se debe exigir a los inversores institucionales que sigan sus propias políticas de inversión.

Sin embargo, la adopción de un modelo de gobernabilidad centrado en las partes interesadas es sólo una parte de la tarea. Los líderes empresariales deben demandar el restablecimiento de reglas del juego justas por parte del gobierno; respetar la necesidad de instituciones públicas sólidas para gobernar una sociedad compleja; pagar su parte justa de impuestos; y dejar de usar fondos corporativos para distorsionar el proceso político de nuestra nación, pero apoyar a los candidatos cuyas opiniones sobre temas como la desigualdad de género, la desigualdad de la distribución del ingreso, el cambio climático y la justicia para los trabajadores sean consistentes con los valores declarados de las empresas corporativas.

Países de economía avanzada, como Alemania, Holanda y los nórdicos, no se abrazaron con la Doctrina Friedman y hoy muestran una menor inseguridad económica, una mayor igualdad y una mejor respuesta a la pandemia del COVID-19. Los empresarios deben prestar atención a estas lecciones de la historia y ayudar a restablecer el objeto de la Economía y la igualdad y la justicia social, o sea, adoptar un capitalismo que funcione para muchos y no para pocos.

Las empresas exitosas operan en algún lugar en el amplio rango entre el punto de equilibrio y la rentabilidad máxima absoluta, por lo que siempre ha existido un margen para ser un poco innecesariamente justo y responsable: aceptar márgenes de beneficio ligeramente más pequeños para cumplir con las obligaciones implícitas a los empleados, clientes, comunidades, la sociedad en general.

Como economista, influenciado por John Maynard Keynes y Paul Samuelson, siempre he sido de la opinión que junto a la mano invisible del Mercado debe estar la mano visible del Estado.


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