¿Crisis de una depresión económica o crisis de la deuda pública en Nicaragua?

23 08 2020

En Nicaragua, con una política monetaria contractiva, que se refleja en la reducción de la base monetaria desde diciembre de 2018, y con un esfuerzo fiscal que mantiene el déficit presupuestario muy cercano a 0% del producto interno bruto (PIB), que deja a entrever el congelamiento del gasto público también desde 2018, podríamos afirmar que, aparentemente, COVID-19 no está provocando una crisis macroeconómica en el país.

Afirmé aparentemente, porque tanto la crisis política interna desde abril de 2018, como la crisis sanitaria mundial que afecta al país desde marzo de 2020, provocaron inicialmente un impacto o shock de oferta: las empresas suspendieron temporal o definitivamente a los trabajadores de sus puestos, la producción se desplomó y la demanda de dinero se volvió precautoria. A ese shock de oferta le siguió un shock de demanda causado también por COVID-19, al reducirse los ingresos de los trabajadores -subió el desempleo y cayó el poder adquisitivo de los salarios- y de los empresarios -cayeron las ventas y las utilidades-. Con esos dos shocks, la demanda interna (los gastos de consumo e inversión) y las importaciones cayeron en picada.

Por consiguiente, no debería existir el temor a una aceleración de la tasa de inflación ni a una devaluación del córdoba, porque la autoridad política ya decidió afrontar una depresión en vez de una inflación galopante, mientras que la autoridad monetaria está contando muy bien los dólares en reservas y los córdobas en circulación. El procedimiento técnico para evitar una crisis de deuda y resistir una crisis de depresión es sencillo: el Banco Central de Nicaragua (BCN) está obligado a garantizar la condicionalidad de que el cociente del saldo de las reservas internacionales brutas entre el saldo de la base monetaria debe ser igual, al menos, a 2.5. El último dato publicado fue 2.9, correspondiente al 31 de mayo del año en curso.

En estos momentos, la deuda pública externa del sector público, 50% del PIB en 2019, no representa un problema estructural, ni la deuda pública interna al ser equivalente a 7% del PIB en ese mismo año. Sin embargo, el mercado informal se ha expandido por el creciente desempleo y esto nos está conduciendo al problema estructural de una depresión económica. Podríamos descartar la aceleración de la deuda pública, porque es muy probable, casi seguro, que las autoridades gubernamentales mantendrán la contracción de las políticas monetaria y fiscal; entonces, el objetivo clave es la estabilidad de una baja tasa de inflación y, por ende, del tipo de cambio del córdoba, para evitar una crisis de deuda, que estaría acompañada por una inflación galopante.

No observo preocupación entre los economistas gubernamentales por la ruptura estructural de la depresión económica; al contrario, distingo que manifiestan un elevado optimismo, por no decir triunfalismo, de que Nicaragua tendrá una recuperación económica en forma de V. El BCN ya oficializó las estadísticas, aún preliminares, de la caída del PIB Real en el trienio 2018-2020, pero ya prevé un leve crecimiento de la producción en 2021.

Parece que los técnicos del BCN no han asimilado que el comportamiento del PIB Real dependerá en gran medida del comportamiento de COVID-19, que la gestión para frenar la propagación del virus determinará la forma de la recuperación económica, siempre que se resuelva el problema político. Es bastante probable que el PIB Real vuelva a caer en 2021, un año en que el balance de divisas del país registrará una menor disponibilidad de moneda extranjera. Entonces, ¿existe falta de capacidad técnica o falta de voluntad política al no evitarse la profundización de la caída de una economía en crisis?

La política monetaria, por sí sola, no puede facilitar la recuperación económica del país, porque aceleraría la tasa de inflación, pero no ha logrado bajar la tasa de interés interbancaria o monetaria, y que influya efectivamente en la tasa de interés del sistema financiero nacional,  a un nivel apropiado para contribuir al crecimiento del PIB Real. En el actual escenario económico nacional, la tasa de interés monetaria o del BCN (r) podría ubicarse en un nivel inferior a la tasa de crecimiento del PIB Nominal en precios corrientes (g), o sea, r g < 0, pero volvería a subir cuando la tasa de inflación se eleve.

Aunque el BCN evitó el colapso del sistema bancario cuando se fugaron US$1,300 millones de los depósitos en moneda extranjera entre abril 2018 y marzo 2019, ¿por qué no comienza a concretar con las entidades financieras  el abaratamiento del costo del crédito del BCN a la banca comercial o de las inversiones financieras del sector púbico mediante las compras de bonos del Tesoro por parte del BCN, y correlacionar sus tasas de interés con la tasa de interés de las entidades financieras cobradas a sus prestatarios, con el objetivo de impulsar el crecimiento económico cuando se logre frenar la expansión de COVID-19?

El BCN puede facilitar la recuperación económica y la gestión de la política fiscal en un momento de inflación baja o de deflación, con el establecimiento de tasas de rendimiento o de interés más bajas, en momentos en que la inflación local y la inflación mundial sean muy bajas, cercana a 0%.

Por otro lado, la política fiscal contractiva no facilita el crecimiento económico por la vía de la inversión pública, porque ésta vía está obstaculizada por las sanciones financieras internacionales señaladas en la Nica Act. No se puede aceptar la austeridad en el gasto público para defender la salud de la población en esta pandemia mundial ni para facilitar la recuperación económica del país, aunque exista una insuficiencia de recursos financieros, externos e internos. Esta restricción financiera conduce a reflexionar sobre la necesidad de resolver el problema político interno para evitar una mayor profundización de la crisis, pero creo que esto no sea un problema de buena voluntad, sino de falta de confianza entre los agentes económicos.

Tomando en cuenta la profundización de la caída del PIB Real causada por COVID-19 y los datos oficiales del PIB del trienio 2018-2020, el país se encontrará técnicamente en una depresión económica al concluir el año de 2020, lo cual también muestra la dependencia de la política monetaria y de la política fiscal. Como es conocido, en Nicaragua los formuladores de la política macroeconómica no tienen autonomía, autoridad ni recursos suficientes para actuar y, por lo tanto, con la deflación de los precios y de los salarios estarían dispuestos a reequilibrar la economía en crisis.

El nuevo riesgo en esa situación económica, ya crítica, es que surja forzosamente una crisis de la deuda. Los formuladores de la política macroeconómica no disponen de los suficientes recursos para salir de la crisis y financiar el gasto público, que no son aceptados por la deuda y los mercados, por lo que recurrirían a la emisión de dinero y generarían una inflación galopante. Sin embargo, estimo que la decisión política es no aceptar una crisis de la deuda, sino mantener la estabilidad macroeconómica, es decir, la estabilidad del tipo de cambio y del índice de precios al consumidor.

De acuerdo con los datos del BCN, durante el trienio 2018-2020 se esfumó el 12% de la producción interna, porque el BCN sólo tiene el objetivo explícito de la inflación, estabiliza los precios al consumidor, limita la inflación, pero no tiene el objetivo de la expansión de la capacidad productiva del país, de una economía real de pleno empleo, del empleo máximo. COVID-19 ha dejado al descubierto la necesidad de que el BCN, en el marco de la política monetaria, establezca nuevas políticas que disminuyan la tasa de desempleo. Por supuesto, COVID-19 impactó a la política y a las entidades macroeconómicas.


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