¿Sobrevivirá el cuento monetario al COVID-19?

7 06 2020

El riesgo del cuento monetario, experimentado en el país desde la década de los noventa del siglo pasado, hoy está latente en la economía nicaragüense por tercer año consecutivo, tras tres años de caídas muy severas de la demanda interna, primero causada por un riesgo político y segundo, provocada por un riesgo de la naturaleza, como es COVID-19. El gasto de consumo está deprimido por el desempleo, el subempleo y el congelamiento de los salarios, excepto el salario mínimo legal, mientras que el gasto de inversión privada ha tocado fondo empujada por la incertidumbre política. Los consumidores y los inversionistas reducen el gasto en tiempos de crisis, es decir, ahorran, al prever la persistencia de los macroproblemas.

Y el cuento monetario se limita a “esterilizar” de dinero al mercado para lograr el aumento deseado de las reservas internacionales en las arcas de la banca central, con el fin de mantener estables al tipo de cambio y al índice de precios al consumidor. Exceptuando dos momentos locales de expansión monetaria observados en marzo o abril y en noviembre y diciembre, la autoridad monetaria ahora reduce la disponibilidad de dinero con el aumento de los depósitos del sector público no financiero en la banca central, los pagos de su crédito de corto plazo a la banca comercial, el encaje en córdobas o la proporción de los depósitos en córdobas que la banca comercial deposita en la banca central (la proporción efectiva siempre ha sido mayor que la legal) y la colocación de Letras sólo con plazo de 1 día, porque las operaciones de mercado abierto con mayores plazos hasta 1 año no funciona desde marzo de 2019.   

Menos córdobas circulando y más dólares guardados facilitan al banquero central opinar sobre la salud de la economía, pero su discurso no influye en la economía real porque la tasa de crecimiento económico es exógena en el cuento monetario, al garantizar exclusivamente la estabilidad de una baja tasa de devaluación y de una baja tasa de inflación, una tarea aritmética muy sencilla que se reduce a un saldo de reservas internacionales brutas igual, al menos, a 2.5 veces el saldo de la base monetaria, constituida principalmente por el saldo de emisión de dinero. La ley orgánica del Banco Central de Nicaragua (BCN) no exige formular políticas monetarias y financieras tendientes a lograr el pleno empleo, que sería una grave restricción para impulsar la demanda interna una vez que sea controlada la expansión de COVID-19.

El ritmo de crecimiento de la producción de bienes y servicios depende de otras variables económicas que pueden estar fuera del modelo econométrico de la autoridad monetaria o, si estando presentes, no guardan una relación adecuada con el mercado. Por ejemplo, las tasas de interés pagadas a los depositantes o cobradas a los prestatarios por el sistema financiero nacional muestran una correlación casi igual a cero con la tasa de interés monetaria o interbancaria fijada por el banquero central en la emisión de Letras con plazo de 1 día o los reportos monetarios o crédito de corto plazo, ahora en córdobas sin mantenimiento de valor, que el BCN coloca en los bancos comerciales.

Las sanciones financieras internacionales, la drástica caída de la inversión extranjera directa y, más recientemente, la disminución de las remesas familiares, tienden a contraer el saldo de las reservas internacionales administradas por el BCN y también exponen a la estabilidad macroeconómica a un mayor riesgo. Por consiguiente, es probable que observemos una mayor reducción de la oferta de dinero o medio circulante en este año, lo cual provocará una mayor aceleración de la tasa de caída del producto interno bruto (PIB) real.

Frente a COVID-19, las herramientas macroeconómicas parecen ser impotentes. La pandemia ha provocado una recesión mundial, muy distinta a las recesiones causadas por crisis financieras. La política monetaria parece ineficaz ante la realidad actual, porque la amenaza fundamental para la economía del país en este momento es la propagación del virus, un shock del mundo real, no de extravagancias financieras, mientras que la política fiscal se ha tardado en entregar dinero público, que equivale a la ampliación del déficit fiscal para fortalecer la atención de la salud pública. El mundo, mejor dicho, los países de economía avanzada y emergentes, nos ha enseñado que para frenar la propagación del virus será necesario un mayor dolor económico con las cuarentenas que mantienen a los trabajadores en casa, la limitación de viajes y la interrupción del comercio.

Estamos menos preparados para enfrentar este shock de oferta provocado por la biología. Si COVID-19 continúa siendo una amenaza, una menor tasa de interés activa para los productores y los consumidores no retornará a los trabajadores a las empresas ni a los consumidores a los centros comerciales y de entretenimiento, ni a los restaurantes. Una menor tasa de interés será necesaria para enfrentar el posterior shock de demanda, o sea, para reactivar la demanda interna, una vez frenado y controlado COVID-19.

Pero durante la presencia del severo y temporal shock de oferta en que nos encontramos, será necesario un mayor gasto público para defender la vida de los nicaragüenses, lo cual no implica el riesgo de acelerar la tasa de inflación, porque la pandemia mundial ha tirado los precios internacionales de las materias primas hacia abajo. A finales de este año, es bastante probable que nos referiremos a una tasa de deflación en vez de una tasa de inflación. Un ejemplo es el precio del barril de petróleo WTI, de referencia para Latinoamérica, que se cotizó en US$39.55 al cierre del viernes 5 de junio del año en curso, el cual refleja una caída acumulada de 36% en el transcurso del año.

En la fase del shock de demanda, la política fiscal, como la política monetaria, deberá ser expansiva para iniciar el proceso de recuperación económica del país por la vía de la inversión, un proceso que será largo porque el PIB Per Cápita promedio anual de 2020 estaría retrocediendo a un nivel cercano al de 2012, pero también requeriría la solución de los problemas políticos que afectan el desempeño económico del país desde 2018.

Los economistas debemos comprender a fondo los principales problemas económicos de la actualidad. Hay que eliminar los misterios que rodean a  las políticas monetarias. Insisto en que las tasas de interés influyan sobre la tasa de inflación, y no a la inversa como se observa en el mercado monetario interno. Los cambios en las tasas de interés deberían tener mucho que ver con la inflación y, por qué no, también con la deflación, para que el comportamiento de los consumidores y los productores sea estable.

Lo que diga el BCN debería ser un factor que influya en la economía, porque es el emisor del monopolio del córdoba. El BCN no debería ser un factor exógeno, como se observa hoy, porque reduce su papel a la descripción pasiva de lo que está ocurriendo en la economía y, más grave aún, por estar fuera de tiempo. Aún no se conoce el informe de la autoridad monetaria correspondiente a 2019 ni una gran cantidad de indicadores económicos que obligatoriamente debe publicar el BCN.

¿Qué pensarán las autoridades y supervisores económicos gubernamentales al respecto? El debate económico serio, constructivo, no movido por apasionamientos políticos, podrá contribuir a la formulación de la política macroeconómica que, con el COVID-19, se ha salido bastante del enfoque de la escuela neoclásica, pero poco del enfoque de la escuela keynesiana.


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